Icono del diseño y la vida cultural barcelonesa, la tortillería Flash-Flash abrió en 1970 y se convirtió rápidamente en punto de encuentro para la Gauche Divine y otros círculos creativos. El proyecto, obra de los arquitectos Correa y Milá, con imágenes del fotógrafo Leopoldo Pomés, recibió el Premio FAD de Interiorismo ese mismo año.
El espacio, dominado por el blanco, los trazos negros y una imaginería pop, rompe con la idea de restaurante tradicional y propone una escenografía única con una reportera fotográfica –interpretada por Karin Leiz– como figura omnipresente en las paredes. Este imaginario, junto con una carta de más de cincuenta tortillas, ha mantenido a Flash-Flash como un clásico vivo y activo de la ciudad, indisociable de su carácter transgresor y popular.